Tomar consciencia de la mente

La diferencia entre este ejercicio y los anteriores ejercicios de toma de conciencia es que el área de atención se desplaza de los procesos corporales a los de la mente. En psicoanálisis, esto es por lo general denominado asociación libre. Se deja tan sólo que la mente vague a su arbitrio, dejándola mover sin impedimento en cualquier dirección que pueda ser atraída. El estudiante tan sólo observa. Esto, y nada más. Es más bien como llevar a un caballo a pastar, sin riendas ni montura: no hay nada que interfiera su libre movimiento. En esta práctica se comprueba rápidamente uno de los teoremas básicos del psicoanálisis: que todos los pensamientos están estrictamente determinados. Se descubre muy pronto que uno puede rastrear cada pensamiento a una cadena causativa que se extiende de muy lejos en el pasado. Uno puede apreciar esto de forma teórica; sólo falta que lo descubra de forma empírica. «Hasta no saber lo que hace la mente, no se la puede controlar.» Así decía un gran sabio, Vivekananda, hace más de sesenta años. Esto aún es cierto. Él continuaba diciendo: «Dele toda la extensión de las riendas; surgirán muchos pensamientos abominables; se sorprenderá de que sea posible que […]

La diferencia entre este ejercicio y los anteriores ejercicios de toma de conciencia es que el área de atención se desplaza de los procesos corporales a los de la mente. En psicoanálisis, esto es por lo general denominado asociación libre. Se deja tan sólo que la mente vague a su arbitrio, dejándola mover sin impedimento en cualquier dirección que pueda ser atraída. El estudiante tan sólo observa. Esto, y nada más.

Es más bien como llevar a un caballo a pastar, sin riendas ni montura: no hay nada que interfiera su libre movimiento. En esta práctica se comprueba rápidamente uno de los teoremas básicos del psicoanálisis: que todos los pensamientos están estrictamente determinados. Se descubre muy pronto que uno puede rastrear cada pensamiento a una cadena causativa que se extiende de muy lejos en el pasado. Uno puede apreciar esto de forma teórica; sólo falta que lo descubra de forma empírica.

«Hasta no saber lo que hace la mente, no se la puede controlar.» Así decía un gran sabio, Vivekananda, hace más de sesenta años. Esto aún es cierto. Él continuaba diciendo: «Dele toda la extensión de las riendas; surgirán muchos pensamientos abominables; se sorprenderá de que sea posible que uno piense tales cosas. Pero encontrará que cada día los caprichos de la mente se harán cada vez menos violentos, que cada día se volverá más calma. En los primeros meses encontraráque la mente tiene miles de pensamientos, más tarde encontrará que han bajado a setecientos, y después de unos pocos meses más tendrá cada vez menos, hasta que por último estará bajo un perfecto control, pero debe ser paciente y practicar cada día. Tan pronto como se conecta el vapor, la máquina echa a correr, y tan pronto como las cosas están ante nosotros, debemos percibirlas; así, un hombre, para probar que no es una máquina, debe demostrar que no está bajo el control de nada.»

Se deberá determinar de antemano la duración de cada sesión de práctica introspectiva. Si se decide que deberá ser de media hora, entonces utilizar un reloj despertador o un timer de cocina ajustado a este período. Una vez que éste ha sonado, uno no deberá dejarse arrastrar eufóricamente por este proceso de observación, que sucede dentro de la mente misma.

La posición más cómoda y efectiva para esta práctica es sentarse en una silla recta, con un almohadón en el respaldo, la cabeza alta, ojos cerrados, rodillas rectas y juntas, manos descansando sobre los muslos o rodillas y la espalda recta. Es muy importante recordar que el cuerpo debe en todo momento estar bien equilibrado, erecto, cómodo y relajado. Todo el trabajo precedente debería producir esta posición de forma relativamente fácil.

Uno de mis dispositivos favoritos a emplear es un grabador. Debe ser preparado para que funcione durante una hora sin necesidad de prestarle la más mínima atención. Esto no quiere decir que la sesión de práctica debería durar una hora. Por el contrario, treinta minutos es un período adecuado para cada vez. El estudiante puede practicar dos o tres veces al día, si tiene oportunidad y ganas. Cuando el tiempo avance, y se gane en eficacia, entonces el período de práctica puede ser extendido considerablemente. Pero el grabador deberá ser regulado al menos para la media hora recomendada, y quizás a una hora completa si en la ocasión uno quiere continuar el proceso.

Mientras permanece sentado erguido e inmóvil en la postura de meditación, verbalice con tranquilidad y de forma audible al micrófono cercano cualquier pensamiento, recuerdo, idea o sentimiento que surja en su interior. Hable al azar, sin premeditación.
Por lo general, los resultados son iluminadores… aunque algo chocantes. Darán al estudiante una idea de la «basura» que hay oculta en su psique. Si uno ha sido completamente honesto en expresar el contenido interno de la mente cuando éste surge, el resultado puede ser chocante. El desarrollo de un grado de honestidad mental es un logro tremendo.

Una vez que uno se ha vuelto realmente consciente del contenido oculto de la conciencia, que ha luchado por llegar a acuerdos consigo mismo, los conflictos internos producidos por la censura del superyó o conciencia moral son considerablemente reducidos. Y así también el número de «rupturas» de concentración producidas por la presión de estos contenidos ideacionales y emocionales representados dentro de la psique.

La práctica de la introspección o asociación libre «descontrolada», una vez grabada y reproducida puede ser utilizada por algún tiempo, hasta que el choque y desaliento usualmente experimentados ante la revelación de los pensamientos desagradables de los que uno es capaz, se han disipado o reducido prácticamente acero. Luego uno está listo para atacar el proceso de concentración de forma directa.

Lo más importante, más allá de toda otra cosa, es que en el proceso de mirar y observar al azar fluyen pensamientos y sentimientos que no deberían ser juzgados o criticados o autocondenados. «¡No juzgues si no quieres ser juzgado!» Una vez que el choque inicial se ha agotado, el estudiante tendrá las mismas actitudes de perplejidad hacia los contenidos mentales, es decir, tal como antes lo hacía hacia sus sensaciones físicas cuando observaba su cuerpo. Criticar o condenarse a uno mismo es tonto, incluso infantil. Los pensamientos deben ser aceptados como parte del total de su equipamiento, desentrenado, inhábil e indisciplinado. Con entrenamiento y aplicación, estos elementos infantiles dentro de la psique pueden ser vueltos en otra dirección y su energía latente empleada en fines más altos y nobles.

El estudiante debe también recordar que las atribuciones de los ejercicios a meses es algo tentativo. El estudiante lento, y muchos de nosotros entramos en esta categoría, deberá pasar varios meses para lograr al menos manejarse adecuadamente con este tópico de introspección. El estudiante más avanzado, que haya sufrido tipos similares de entrenamiento antes, puede muy bien navegar a través de estos ejercicios como impulsado por una brisa. Estas personas, sin embargo, son pocas y esparcidas. Es necesario advertir que lleva tiempo lograr habilidad y maestría en estos métodos.

Debería recordarse que donde hay prisa, hay desgaste. Es parecido a aquella vieja máxima: solvitur ambulando. Resuelve sus problemas mientras avanza. Advierta que no tiene que correr para probar que es brillante o muy espiritual.

(texto del libro Doce pasos a la iluminación de Israel Regardie, extraído por lo beneficioso que a cualquiera pudiera resultarle).

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